Despojo, M. Villa Guerrero, Perimetral, San Lorenzo de Azqueltán, Wixárika

Lo que temen los despojadores en San Lorenzo Azqueltán 

por Perimetra

Lo que temen los despojadores en San Lorenzo Azqueltán 

Por: Adrián Montiel. Fotos: Víctor Ibarra/IMDEC y Sandra Suaste/RED TDT. Fecha: 25 de mayo, 2026

San Lorenzo Azqueltán. La última intervención del foro celebrado en San Lorenzo Atqueltán —en un intento colectivo por frenar cinco décadas de agresiones e historias de despojo—, fue la de un hombre que se encaminó a la tribuna después de una negociación tensa con la asamblea de la comunidad autónoma donde consiguió un turno para tomar la palabra.

Ante ellos se presentó la parte siempre aludida, que hasta ese momento era sólo mención y ahora presencia: un ejidatario. El rumor corrió rápido por las filas de la asamblea: el hombre pertenecía al grupo señalado por el asesinato del líder comunitario Marcos Rojas Aguilar.

Con pasos largos llegó a la pared de la casa comunal donde está plasmado el rostro de Emiliano Zapata con la consigna “tierra y libertad”. Y, muy cerca, la foto de Marcos Aguilar con la leyenda “Marcos vive, la lucha sigue”

El ejidatario le dio la espalda a la pared y se colocó donde antes le habían precedido el gobernador tradicional, el comisariado comunal y representante agrario de San Lorenzo Azqueltán; también autoridades wixaritari de San Andrés Tuxpan, además de expertos en historia, antropología, temas agrarios y derechos humanos. Y representantes del gobierno del estado. 

Tomó el micrófono, agradeció la palabra y se presentó como ejidatario originario de la localidad. Habló de hermandad, también ofreció alianzas.

—Unidos, a lo mejor, esto saldría más rápido. Es la mejor manera, pero siempre y cuando nosotros estemos dispuestos a unirnos, pero sin un wixárika”. 

El ejidatario condicionaba una alianza a través de un discurso de exclusión que no nacía de la defensa del territorio, sino del miedo. Un miedo a los wixaritari no para zanjar asuntos de linderos, sino para quitarlos en la decisión de los presupuestos participativos y, sobre todo, apagar la carga ancestral y virreinal depositada en los juicios que retardan sus aliados mestizos.

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Avanzamos hacia San Lorenzo Azqueltán en un convoy custodiados por cuatro patrullas de la Policía Estatal. En un vehículo viajamos con el gobernador de la comunidad, el representante agrario, expertos en derechos humanos y antropología; en otros vehículos van funcionarios públicos de atención a víctimas y abogados de la comunidad.

Atravesamos barrancas, planicies y valles quemados por el estiaje hacia la tercera misión civil de observación después del homicidio de Marcos Aguilar Rojas. La gente de San Lorenzo representa tres generaciones que, en los últimos 50 años, luchan por la defensa de su territorio. En los últimos doce años, la relación se tensó al pelear la titularidad jurídica de más de 38 mil hectáreas. El resultado de la lucha no ha sido la tierra, sino dilaciones en los procesos agrarios, despojos, discriminación, desapariciones, amenazas, torturas y la muerte del líder.

En Villa Guerrero recogimos a autoridades wixaritari y nos adentramos, entre tramos de terracería y una mala carretera, al cañón que forma el Río Bolaños. Al descender, a las innumerables mesetas las envuelve una fina bruma que dibuja un valle tallado por el viento y los cauces en un tejido azulado.

—Se llama Planillas— dice Ramiro Reyes, representante agrario ante el paisaje que se corta con los mezquites del que cuelgan sus vainas en forma de cascabel y los pitayos con frutos que parecen polluelos.

Ese paisaje resguarda el territorio de los tepehuanes y wixárikas de San Lorenzo que han habitado por lo menos desde hace 700 años, según expertos. La probatoria legal de su ancestralidad es un título virreinal de 1777. Son decenas de miles de hectáreas con riquezas en superficie que se han utilizado para el ganado, también para la extracción de minerales y, últimamente, el gobierno federal apuntó, sin permisos, a la exploración en la región para recoger muestras de litio, el mineral que mueve al mundo para alimentar a las nuevas máquinas. 

Dejamos esa carretera accidentada y entramos a una terracería que nos desliza a San Lorenzo.

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En mayo, las paredes del templo de San Lorenzo de Azqueltán arden, también las calles y las bancas de la plaza pintadas de azul. 

La comunidad nos recibió al bajar del vehículo y nos llevaron a la casa comunal equipada con un par de fogones que humeaban y desprendían los aromas del pipián de nopales, arroz, frijoles y tortillas. Supimos que la casa no sólo sostiene diálogos, también alimentaba y nos daría hospedaje. 

Tras la comida, se realizó la asamblea donde las autoridades comunales conformadas por el gobernador Mario González; Fernando Aguilar, comisariado, y Ramiro Reyes, representante agrario, dieron la bienvenida a la misión.

Carlos Chávez, de la Asociación Jalisciense de Apoyo a Grupos Indígenas (AJAGI), precisó que en la lucha hay gente que usa el poder, contactos y dinero para apoderarse del territorio, pese a la ancestralidad del pueblo tepehuano wixárika.

—Ustedes están aquí desde siempre, incluso desde antes de que existiera Jalisco y México. Porque se dice que, primero en tiempo, primero en derecho, así ustedes y sus antepasados— dijo.

Para el gobernador Mario González, la misión y el foro harían valer los derechos y trabajar en equipo. Sino, no se lograría nada.

—Nos ha costado la pérdida de un líder reunir y trabajar en este foro.

Ante la asistencia de autoridades estatales, Ramiro Reyes propuso cautela.

—Una cosa es estar de acuerdo y, otra, lo que vaya a pasar mañana— y llamó a la asamblea a no quitar el dedo del renglón en la lucha.

El río Bolaños rodea a San Lorenzo Azqueltán, como un abrazo para los comuneros y los ejidatarios: de él todos pescan y aprovechan sus recursos. Así es la proximidad de las partes en conflicto: son vecinos, parientes y lo mismo ocurre en las comunidades de Izolta, La Guásima y Ciénega de Márquez.

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En el foro, los expertos aportaron argumentos clave para fortalecer la lucha. Uno de ellos, el antropólogo Héctor Medina Miranda, también habló del territorio y la multiculturalidad entre los pueblos originarios del occidente de México. Destacó que la relación entre los pueblos tepehuano y wixárika en la región se ha forjado compartiendo un hostigamiento que, apuntó, no es actual, sino algo con lo que han convivido a lo largo de los siglos. 

Otro antropólogo, Yousefh González Guerra, analizó la historia y cultura del despojo en la región. Esto ocurre con la complicidad de los agentes del poder estatal, del gobierno y el poder económico.

—Estamos hablando que en toda la época virreinal, incluso varias décadas después de la formación del Estado Nación, no encontramos indicios de que haya transferencias de tierras. Y hablar de territorio no es solo hacerlo del lugar donde se vive o se siembra, también de la historia de sus antepasados, de los lugares sagrados.

Las intervenciones de los funcionarios públicos se continuaron con la Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas que ofreció los servicios a la población; la Comisión Estatal Indígena que buscará que los tepehuanos no sean considerados como migrantes y tramitar apoyos sociales.

Óscar Eduardo Zaragoza Cerón, de la Dirección de Asuntos Agrarios del Gobierno del Estado de Jalisco, habló de las consecuencias de las violaciones a derechos humanos de ejidatarios y comuneros y los conminó a resolver las diferencias a través de vías pacíficas.

—Creo que a través de la violencia, de las agresiones, no vamos a resolver absolutamente nada.

Y apuntó que la solución llegará por la vía judicial sin mencionar que la resolución ya tiene once años de retraso. 

A punto de concluir las ponencias de expertos, el ejidatario se puso de pie para hablar ante la asamblea.

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Antes de terminar, el ejidatario acusó que a los wixaritari los usan “como carnada” y reiteró su oferta: la alianza sería posible sólo si se respetaba la exclusión. 

El grupo que lo acompañaba aplaudió. El resto de la asamblea quedó en silencio. El moderador, que ya había cerrado las mesas, invitó a expertos y autoridades a la fotografía grupal.

Mientras el contingente se acomodaba, los ejidatarios ya habían caminado hacia la plaza, cerca de las patrullas, donde rodeaban a los funcionarios agrarios. 

Los fotógrafos movían sillas. Soltaban indicaciones “Más juntos” “Métete”, “ahora mirando hacia acá”. Clic. Clic. 

Sus palabras dejaron en claro que el descarte de familias wixaritari se plantea  como la única vía hacia una paz a su modo: una reconciliación entre ejidatarios y comuneros tepehuanos. Detrás de la exclusión subyace el peso del marco legal e histórico que los expertos abordaron: el Estado mexicano suele resolver las disputas agrarias ordinarias bajo criterios de propiedad privada, pero se topa con pared frente a una comunidad originaria. Quienes pretenden fraccionar la tierra saben que la defensa ancestral, respaldada por títulos virreinales, no puede disolverse con las promesas de la política local ni negociar en la opacidad de los tribunales agrarios que ya acumulan once años de retraso.

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La comunidad caminó hasta el lote de la casa de la cultura para la apertura delXiriki, el templo tradicional tepehuano y wixárika de San Lorenzo de Azqueltán.

Dentro del templo, una construcción circular con techumbre de paja, posan sobre un altar santos y deidades wixaritari iluminadas con velas. Un par de muchachos acompañan con una guitarra y violín una melodía hipnótica. 

Luego siguió la ceremonia tradicional, un espacio sagrado de la comunidad, una asamblea al aire libre donde todos tomaron la palabra y compartieron el híkuri alrededor del fuego.

—Le damos las gracias al abuelo fuego. Y a los santos que conservamos en los altares y que les damos diferentes nombres— dijo Ramón, comisariado wixárika de Tuxpan.

Desdobló un discurso cuyas palabras se desprendían como las llamas del fuego. El líder wixárika hilvanó la defensa del territorio, los obstáculos y la estrategia para imponerse ante el despojo.

—Ojalá tengan una organización bien estable, bien definida y bien clara para no separarnos y estar para los que están aquí. Depende de ustedes esa gran fuerza, esta gran organización ante este gran enfrentamiento: que no los separe la política, las diferentes religiones, no dejen que los separen otras cosas. Porque el empresario siempre es funcionario. Y es lo que trata de hacer: siempre dividir, dividir y dividir a los pueblos.

La comunidad permaneció toda la noche. Durante las primeras horas de la noche, los acompañó la luna creciente que luego se ocultó tras la ceja del cerro. La luna cedió el cielo a una salpicadura de estrellas: un manto de astros que ni el inmenso canto de los insectos superaron opacó durante toda la velada. 

Sólo el sol del nuevo día clausuró el diálogo con las estrellas y de la ceremonia.