Unos se secan y los otros derraman agua cristalina que se va al drenaje
Víctor Chávez y Pablo Toledo
En la Zona Metropolitana de Guadalajara hay al menos 59 acuíferos identificados, pero entre 28 y 35 presentan déficit o sobreexplotación, lo que significa que más de la mitad enfrenta problemas de sostenibilidad, todo esto mientras que unos 30 veneros o “nacimientos” dentro de la ciudad y que generan 530 litros por segundo, tiran sus aguas al drenaje.
Zona Metropolitana de Guadalajara
En la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), el problema es tangible. Los tres principales acuíferos que abastecen a la ciudad presentan números negativos en su disponibilidad. El acuífero de Atemajac registra un déficit de –12.6 millones de metros cúbicos, el de Cajititlán de –16.9 millones, y el más crítico, Toluquilla, alcanza un déficit de –75.6 millones de metros cúbicos. Traducido a términos simples: la ciudad extrae más agua de la que la naturaleza puede reponer.
Este modelo de consumo se refleja también en la escala nacional. En México existen más de 306 mil concesiones de agua subterránea, lo que mantiene una presión constante sobre los acuíferos. A ello se suman prácticas ilegales: tan sólo en 2024, la autoridad federal detectó 292 pozos clandestinos, de los cuales 11 estaban en Jalisco.

Mientras el subsuelo se vacía, los manantiales —también conocidos como veneros— enfrentan una lenta desaparición. Aunque no existe un censo actualizado específico, estudios técnicos y registros históricos indican que en la ZMG sobreviven algunos manantiales emblemáticos como Agua Azul, San Rafael, San Andrés y San Gaspar, hoy integrados como fuentes complementarias del sistema hídrico.
Cambio en el papel de los manantiales
Sin embargo, su papel ha cambiado. Antes del crecimiento urbano, Guadalajara dependía en gran medida de estos nacimientos de agua. Hoy, muchos han sido entubados, contaminados o desaparecieron debido a la expansión de la mancha urbana y la pérdida de zonas de recarga.
El problema es doble. Por un lado, la urbanización reduce la capacidad del suelo para infiltrar agua; por otro, la sobreexplotación de los acuíferos disminuye la presión natural que permite que los manantiales emerjan. El resultado es un sistema fragmentado, con menos agua disponible y de menor calidad.
La propia CONAGUA reconoce que no existe un inventario actualizado de veneros urbanos, ya que estos se clasifican dentro de los sistemas de agua subterránea. En la práctica, esto significa que muchos manantiales no están monitoreados de forma individual, lo que dificulta su protección. El último estudio técnico (no un censo oficial actualizado) revela que:
La mayor parte de los manantiales han disminuido su caudal, están entubados o desaparecieron por la urbanización.
Manantiales históricos identificados
Además de la cifra global, se conocen varios manantiales relevantes que formaban parte del sistema natural de la ciudad:
- Agua Azul
- San Andrés
- San Ramón
- Mexicaltzingo
- Agua Blanca
Estos fueron clave para el abastecimiento histórico de Guadalajara.
Agua que no has de beber…
Hoy por ahí sigue surgiendo agua. El más claro ejemplo es el llamado “chorrito de Atemajac”, un venero situado en el Parque Manuel Ayón y donde un investigador de la Universidad de Guadalajara demostró que en promedio salen mil 872 litros de agua al día.
Sin embargo, esa agua no se almacena, es apenas usada por los vecinos, hay quienes todavía antes se atrevían a llevarla a su casa y a beber de ella. El resto de lo que genera este venero procedente de los Colomos se tira.
En la zona y en el entorno a la línea uno del tren ligero surgen otras filtraciones. Como también ocurre en el túnel de avenida Ávila Camacho casi llegando a Zapopan, siempre hay agua, pero que se esparce y se evapora.
Acciones y desafíos de protección
Aun así, las acciones para su cuidado existen, aunque de manera indirecta. La autoridad federal regula la extracción mediante concesiones, delimita acuíferos, monitorea la calidad del agua y promueve la protección de zonas de recarga. Sin embargo, especialistas advierten que estas medidas resultan insuficientes frente al ritmo de crecimiento urbano y la demanda hídrica.
El deterioro de los manantiales también está ligado a la contaminación. Los monitoreos de calidad del agua muestran presencia de residuos orgánicos e industriales en distintos puntos de la región, lo que afecta los sistemas conectados, incluidos los veneros.
Indicadores del estado hídrico
En este contexto, los manantiales han pasado de ser fuentes principales de abastecimiento a convertirse en indicadores del estado de los acuíferos. Si un venero desaparece, no es un hecho aislado: es señal de que el sistema subterráneo está fallando.
El diagnóstico es claro. México enfrenta una crisis silenciosa en sus reservas de agua subterránea, y Jalisco se encuentra entre las zonas más comprometidas. La Zona Metropolitana de Guadalajara depende cada vez más de fuentes externas, como el lago de Chapala, mientras sus acuíferos locales se debilitan.
El reto no es menor. Recuperar el equilibrio implica reducir la extracción, proteger las zonas de infiltración, frenar la expansión desordenada y mejorar la gestión del agua. De lo contrario, los manantiales seguirán desapareciendo y los acuíferos profundizarán su déficit.
En palabras simples: el agua sigue ahí, pero cada vez en menor cantidad y bajo mayor presión. Y lo que hoy ocurre bajo tierra, tarde o temprano se reflejará en la superficie.
