Agua, Contaminación, Gaceta UDG, M. El Salto, Río Santiago, Universidad de Guadalajara

La estela tóxica del Río Santiago

Mediante la técnica denominada “Cometa”, investigadores de la UdeG lograron demostrar lo que se ha omitido por décadas: los contaminantes presentes en el curso de agua no solo tienen incidencia en las enfermedades que presentan las poblaciones aledañas, sino que están dañando su ADN, lo que implica que las patologías puedan heredarse y que las nuevas generaciones nazcan enfermas o con diversos síndromes genéticos

  • Reportaje Gaceta
  • Mariana González Márquez
  • Fotografía: Edgar Campechano Espinoza
  • Fotografía: Abraham Aréchiga
  • marzo 23, 2026

En localidades como Puente Grande y El Salto la enfermedad ya no es una estadística, sino un «pan de cada día» que marca no solo la vida de sus habitantes, sino también el destino de niñas y niños que nacen con patologías provocadas por el veneno de un río que, tras 40 años de promesas rotas, sigue arrastrando muerte en su caudal.

A través de la técnica molecular conocida como “Cometa”, los doctores Mónica Reynoso Silva y Carlos Álvarez Moya, del CUCBA, han logrado demostrar lo que décadas de políticas públicas han omitido: el arsénico, el plomo y los pesticidas industriales sí tienen incidencia en las enfermedades de los pobladores alrededor del Río Santiago y, además, los tóxicos en el agua, el ambiente y los alimentos están dañando el ADN de las personas.

La investigación revela que la exposición crónica a metales pesados no solo provoca cáncer y fallas renales en la población actual, sino que está alterando la herencia biológica de las futuras generaciones.

Lo que alguna vez fue un edén recreativo y motor productivo de Jalisco, hoy es descrito por los especialistas como un “Chernobyl”. Sus hallazgos son concluyentes: los contaminantes afectan las moléculas y el material genético de personas sanas provocando enfermedades diversas, ya conocidas, y otras que comienzan a ser visibles en la población.

I. De paraíso a Chernobyl

Como si se tratara de un sueño lejano, las y los pobladores que viven alrededor del Río Santiago recuerdan cuando ese curso de agua era un espacio recreativo, productivo y de reunión social. Un lugar con fauna acuática y embarcaciones, del que se nutrían sembradíos de maíz, huertos y cañaverales, al que llegaban turistas extranjeros y que incluso albergaba un club náutico.

Nicolás Muñoz vive en el poblado de Puente Grande desde que nació, hace 58 años, y tiene recuerdos claros de una niñez con aire puro y agua clara.

«El río era una gran fuente de vida, de riqueza, de pesca. Del río había muchas personas que sacaban productos como pez bagre, carpa, mojarra, charales; había cangrejos, fauna acuática y eso daba una gran vida al paisaje, un verdor esplendoroso», rememora en entrevista.

Sin embargo, en las últimas cuatro décadas ese paraíso quedó sólo en los recuerdos y algunas fotografías, y se transformó en un corredor industrial de desechos tóxicos. Lo que antes era un espejo de agua limpia, hoy lleva metales pesados, espumas químicas y aguas negras que han condicionado la salud de la población de lugares como Puente Grande, El Salto, Juanacatlán, Poncitlán y la Ribera de Chapala.

De ser antes un paraíso, ahora parece un Chernobyl”, sentencia el académico Álvarez Moya.

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II. Un cometa lleno de contaminación

En un pequeño portaobjetos de vidrio, la tragedia de miles de personas se vuelve visible bajo el microscopio. No hay necesidad de ver u oler el río para entender que está lleno de veneno; basta con observar las partículas de sangre de quienes viven cerca de él.

En uno de los laboratorios del Departamento de Biología Celular y Molecular, del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA), Mónica Reynoso Silva y Carlos Álvarez Moya tienen evidencia clara de lo que sucede en las partes más minúsculas de un cuerpo expuesto durante años a la contaminación por metales pesados y olores ofensivos. Una evidencia que hasta ahora había sido inexplorada desde la ciencia.

En sus microscopios descubrieron que el arsénico, el plomo, el mercurio, o pesticidas como el lindano, producen un daño directo en el ADN de las personas, que las deja expuestas a una amplia lista de enfermedades e incluso, a heredar ciertas condiciones a sus hijas e hijos, aunque no porten esos genes. 

En la investigación “Evaluación de daño genético en las aguas del río Santiago”, la cual tuvo una primera etapa de análisis en 2015 y se repitió el año pasado, el equipo encabezado por los universitarios tomó muestras de sangre de 100 personas en Puente Grande, El Salto, Juanacatlán, Poncitlán y la Ribera de Chapala.

Mediante un proceso específico extrajeron células y las analizaron con una técnica de biología molecular llamada “Cometa”. El resultado causó sorpresa al equipo, a pesar de que en el anterior estudio ya tenían indicios de la gravedad de los efectos de la contaminación.

Parte de lo que encontraron es que el ADN no aparece como un núcleo sólido y saludable, sino que es endeble y se desintegra. Reynoso Silva explicó que una sustancia tóxica como un metal pesado o un pesticida entra al cuerpo mediante sus vapores, al tener contacto con la piel o mediante la ingesta.

La interacción continua o permanente con dicha sustancia llega hasta las células y provoca rupturas físicas en las cadenas del material genético. Este cambio altera la expresión de las proteínas que el cuerpo necesita para funcionar, lo que deriva en un deterioro de la salud y, eventualmente, en enfermedades.

“Puede ser una mutación puntual o cambio de una base por otra en la expresión de esos genes. (Si esto sucede) conlleva riesgos para las proteínas y allí ya va a haber un decremento de esa persona en su salud”, detalló Reynoso Silva.

Para poder mostrar el daño genético encontrado, el equipo de investigación procesó las imágenes del microscopio en un software especializado que interpreta de manera gráfica los resultados.

En la pantalla es posible ver las células sanas como un círculo perfectamente redondo y con bordes bien delineados. En cambio, las células dañadas se expresan como un punto que arrastra una especie de cola tras de sí. Esto representa el material genético desintegrado, arrastrándose fuera de su centro, formando una estela larga y difusa. Un “cometa” lleno de partículas contaminadas.

Este “cometa” presagia además el deterioro de la salud de quienes son sometidos a la prueba. Enfermedad renal, problemas hepáticos, leucemias, cánceres de tipo respiratorio, reproductivo o de la piel, enfermedades respiratorias y de los ojos, diarreas, alergias, problemas cognitivos o de atención en niñas y niños son parte del catálogo de secuelas para las personas expuestas a los diversos tipos de tóxicos que lleva por dentro el río.    

“Los tóxicos inmediatos pueden provocarles irritaciones, diarreas. Los que son muy peligrosos son justamente los que estamos estudiando, son los daños crónicos, de exposiciones de mucho tiempo que provocan mutaciones. Estas no duelen, ni cuenta se dan. El problema es que de pronto se descontrola un genecito, se descontrola toda la maquinaria de la célula y de pronto aparece un tumor”, advirtió Álvarez Moya.

III. La herencia no deseada

“¿Qué les estamos dejando a nuestros hijos? Nosotros de alguna manera ya vivimos, pero ellos van a vivir toda su vida con enfermedades, porque sabemos que hay niños que ya nacen con problemas renales, que hay niños que ya nacen con cáncer”, expresa con desesperación Nicolás Muñoz, habitante de Puente Grande.

La generación que alcanzó a ver el Santiago en su esplendor se ha hecho a la idea de que el río esté permanentemente contaminado, pues ninguna autoridad ha implementado políticas públicas reales para sanear el afluente y para atender las enfermedades que causa, sino que el problema es heredado administración tras administración sin resultados positivos.

Incluso, la vigilancia en la descarga de desechos tóxicos no ha sido eficaz por parte del gobierno federal y ha menguado con los años. Las inspecciones y fiscalización de la Conagua a las empresas y usuarios que aprovechan el agua en Jalisco disminuyeron de 459 a 34 entre 2011 a 2020, mientras que entre 2020 y 2021 había sólo un inspector designado para vigilar todas las industrias de Jalisco, de acuerdo con un reportaje de la periodista Adriana Navarro.

En 2018, el gobierno estatal puso en marcha el plan “Revivamos el Río Santiago” con estrategias como la colocación de una planta de tratamiento para sanear hasta 75 por ciento del agua. De ese año a 2024, la administración estatal gastó cerca de siete mil 333 millones de pesos junto a otras dependencias en diversas estrategias de cuidado de la salud, patrimonio natural, infraestructura, entre otros, según un informe publicado en 2024.

IV. La flor que da esperanza

En los poblados del Río Santiago, donde la contaminación ha dejado de ser una sospecha para convertirse en parte de la vida cotidiana, las estrategias de prevención pueden estar en la dieta de los pobladores.

Investigadores de la Universidad de Guadalajara desarrollan estudios para encontrar estrategias que combatan el daño genético provocado por pesticidas como el glifosato y metales pesados como el mercurio, utilizando elementos tan comunes como la jamaica, los cítricos y los frutos rojos.

La labor de los biólogos Fernando Manuel Guzmán Rubio y Alejandro Ixtlahuaca Robles, del CUCBA, comenzó ante la evidencia de las enfermedades de la población y la desconfianza de una comunidad agotada por décadas de promesas incumplidas.

A partir de ello se interesaron en buscar estrategias para prevenir o revertir los daños causados al cuerpo por los tóxicos en el agua, el ambiente y la comida.

Las investigaciones que desarrollan se centran en la genoprotección, es decir, la capacidad de ciertas sustancias para proteger o reparar el ADN dañado por agentes tóxicos.

El proyecto de Guzmán Rubio analiza extractos de Hibiscus sabdariffa, comúnmente conocida como flor de jamaica, en células humanas sometidas a herbicidas, de la que ha obtenido resultados preliminares alentadores que evidencian que el daño celular podría reducirse significativamente.

Por su parte, el biólogo Alejandro Ixtlahuaca Robles trabaja con glifosato y sus formulaciones comerciales para neutralizar su toxicidad mediante el uso de resveratrol, presente en frutos rojos y secos, y ácido ascórbico o vitamina C, sustancias accesibles para la población mediante alimentos o suplementos de bajo costo.

“El glifosato es un pesticida muy común, por la eficacia que tiene y también el costo. Entonces, dado que se está implementando en mucho tipo de cultivos, urge hacer más estudios para contabilizar ese tipo de daño. No nada más la importancia radica en contabilizar el daño, sino también en buscar estrategias que puedan neutralizarlo”, señaló.

Tanto la jamaica como los frutos rojos y secos tienen antioxidantes que ayudan a reparar el material genético y prevenir enfermedades a corto plazo. Pueden tomarse en crudo, en infusiones o licuadas y formar parte de la dieta cotidiana de las personas para un mayor efecto, explicaron.

Los resultados más concretos se esperan para finales de este año, con la intención de que las comunidades del Río Santiago y del Área Metropolitana de Guadalajara integren estos protectores naturales en su consumo diario.