Habitantes de la colonia Miramar aseguran que la inundación quedó atrás, pero persisten la contaminación, los malos olores, el agua residual y la sensación de abandono
Isaura López
El abandono del Arroyo Seco refleja una situación similar a las familias que viven en el trayecto del cauce, que continuamente se ha desbordado. Aunque en este temporal se mantiene seco, la contaminación ambiental afecta la salud de las personas.
A cinco años del desbordamiento de las aguas que dejó a 700 familias damnificadas —20 de julio de 2021—, Maribel recuerda un escenario nocturno de desesperación al tener que salir de sus casas o incluso subir a la azotea. 310 casas de 19 colonias fueron afectadas.
Sí, se cayó la casa de aquí, de esta, donde vive mi hijo y luego una parte de la mía, pues aún se ve, ahí está todavía, se ha caído la mitad de allá, de aquel lado, casi la mitad de la barda.
En ese momento dirige su mano a la parte alta de su casa.
Hoy el entorno del Arroyo Seco, platicó, dista mucho de aquellos días de penumbra; ahora su mayor temor son los olores y el agua estancada que brota de los drenajes.
Queremos saber si vienen a tapar, sobre todo mejorar la infraestructura vea cómo está. En la noche estamos dormidos y sube el olor putrefacto.
Un olor que también se percibe al mediodía.
Las fotografías oficiales de los recorridos de emergencia quedaron atrás. Lo que permanece es la sensación de abandono entre las familias que continúan viviendo junto al cauce.
“La foto fue el momento, fue la foto de apoyo y ya nada más y ya no, ya no vinieron. La casa se cuarteo, está cuarteada— ¿Los de protección civil vienen seguido o no vienen?— No. Nadie viene. Desde que pasó eso, nomás al principio, después ya no”.
El Arroyo Seco ya no ruge como aquella madrugada de julio de 2021. Hoy permanece silencioso. A simple vista parece inofensivo. Pero el silencio engaña. El olor a drenaje rompe la calma, el agua estancada permanece entre los tubos y la basura se acumula en el cauce, recordando que el riesgo no desapareció, solamente cambió de rostro.
Maribel camina unos metros y señala la infraestructura instalada después de la inundación. Reconoce que la barda redujo el riesgo de un nuevo desbordamiento, pero asegura que dejó otro problema: las tuberías por donde debería desalojarse el agua permanecen parcialmente obstruidas y los escurrimientos terminan estancándose.
«Ya no se mete el agua como antes, pero ahora vivimos con el olor. Es como si respiráramos drenaje todos los días», comenta mientras observa el cauce donde el agua residual escurre lentamente entre el escombro.
La preocupación ya no es únicamente perder el patrimonio, sino convivir diariamente con un ambiente que consideran insalubre. Los dolores de cabeza, las náuseas y el olor putrefacto forman parte de la rutina de quienes habitan junto al arroyo.
A mí me duele mucho la cabeza. Me amanezco con asco y todo. Sí, huele feo, ¿verdad? Feo, feo. Feo que huele. Amanezco con dolor de cabeza y asco. Y nomás vienen y la arreglan un ratito y ya, se van.
A la contaminación se suma otro problema. La falta de mantenimiento ha convertido algunos puntos del cauce en un riesgo para peatones y ciclistas. Los vecinos aseguran que han ocurrido caídas de niñas, niños, personas adultas y motociclistas, mientras que durante las noches algunas personas arrojan basura e incluso le prenden fuego, agravando el deterioro ambiental.
Las y los habitantes aseguran que, tras las primeras visitas de las autoridades después de la tragedia de 2021, el seguimiento prácticamente desapareció.
Recuerdan que recibieron despensas y un apoyo económico para enfrentar la emergencia, pero sostienen que las soluciones de fondo nunca llegaron.
Cinco años después, el Arroyo Seco continúa marcando la vida de la colonia Miramar. Ya no por la fuerza de una corriente que arrasa viviendas, sino por un abandono que se percibe en el aire, en los drenajes, en los tubos obstruidos y en la incertidumbre de quienes cada noche cierran las ventanas para intentar contener un olor que termina por entrar a sus hogares.