El sonido del grifo cayendo en la madrugada es la señal para iniciar el almacenamiento con los recipientesantes de que disminuya la presión

Pablo Toledo/ El occidental
En la Zona Valle y el corredor Chapala de Tlajomulco de Zúñiga, abrir la llave es una prueba de suerte. En algunas etapas, el servicio de agua potable llega bajo un esquema de tandeo, un día sí y otro no, o apenas durante algunas horas de la madrugada. La vida cotidiana se organiza en función de esa incertidumbre.
Los habitantes han tenido que adaptarse. Tambos de 200 litros alineados en patios y cocheras, cubetas bajo las escaleras, tinacos sobredimensionados y bombas eléctricas conectadas a extensiones improvisadas forman parte del paisaje urbano. El sonido del agua cayendo en la madrugada es la señal para levantarse y comenzar a almacenar lo más posible antes de que la presión disminuya.
En la Zona Valle, fraccionamientos como Chulavista, Santa Fe, Villa Fontana, Paseos del Valle y Unión del Cuatro concentran parte de esta problemática. En el corredor Chapala, la situación se replica en colonias como Los Silos, Los Agaves, Rancho Nuevo y La Alameda, donde el suministro irregular forma parte de la rutina desde hace años.
Justifica SIAPA olor en el agua por trabajos y deterioro del sistema
Es el caso de la señora María Guadalupe, quien habita en el fraccionamiento Chulavista en la etapa 19 desde hace 15 años. Aunque ya está acostumbrada a vivir con el agua cuentagotas, no deja de exigir que la situación mejore, pues sus ojeras y cansancio son producto de esperar por la madrugada a que el sonido del agua en la llave los despeje.
“Nos levantamos a las cuatro de la mañana cuando escuchamos que empieza a caer agua. Mi esposo prende la bomba y yo empiezo a llenar los tambos. Si no lo hacemos, al rato ya no sale nada”, relata María Guadalupe, vecina de Chulavista.
En muchas viviendas, la rutina doméstica se ha transformado. Los trastes no se lavan de inmediato; la ropa se junta para el día en que hay suficiente reserva; el baño se convierte en un ejercicio de administración milimétrica del líquido. El agua de la lavadora se reutiliza para el sanitario o para limpiar el patio. Cada litro cuenta, y desperdiciar se percibe como un lujo imposible.
“Aquí aprendimos a bañarnos con una cubeta. No es opción dejar correr la regadera porque simplemente no hay presión. Mis hijos ya saben que primero es juntar agua y luego usarla”, comenta José Manuel, habitante de Los Silos.
La escasez no solo modifica hábitos, sino que también impacta de forma directa en la economía familiar. Cuando el tandeo falla o el suministro llega con poca fuerza, la alternativa es comprar agua en llenaderos. Garrafones que originalmente se destinaban para beber ahora se utilizan también para lavar trastes o asearse. A ello se suma la compra de tambos, bombas, mangueras y, en algunos casos, cisternas.
“Gastamos más en agua que antes. Compramos garrafones para lavar platos y para el baño cuando no alcanza. Son 20 o 30 pesos por cada uno, y a la semana se van varios”, explica Rosa Isela, madre de familia en Chulavista. El impacto puede representar cientos de pesos adicionales cada mes.
En casos extremos, algunas familias recurren a pipas particulares, lo que incrementa aún más el gasto. Todo esto ocurre mientras deben cubrir el pago anual del servicio municipal, que ronda entre 800 y 200 pesos, dependiendo del tipo de vivienda.
“Pagamos el agua cada año, aunque no la tengamos todos los días. A veces uno siente que no es justo, pero si no pagas te cortan el servicio”, señala Arturo, vecino de Los Agaves.
Durante el estiaje, la situación se vuelve más tensa
Las altas temperaturas y la reducción en la disponibilidad de fuentes agravan el desabasto. Vecinos recuerdan años en que el tandeo se prolongó y los días sin suministro fueron más frecuentes. La incertidumbre crece cada temporada seca ante la posibilidad de que el panorama empeore.
“Cuando empieza el calor nos preocupamos porque ya nos ha tocado que dure más tiempo sin agua. No sabemos si este año vaya a ser igual o peor”, advierte María Guadalupe. La administración municipal, encabezada por Gerardo Quirino Velázquez Chávez, impulsa el plan “Tlajo Cuida el Agua”, con una inversión superior a los mil 200 millones de pesos para combatir el desabasto y beneficiar a 350 mil habitantes.
El Plan Integral Hídrico concentra 1,123 millones de pesos en acciones de abasto, distribución, saneamiento y reuso. Entre las obras destacan la perforación de un nuevo pozo en San Agustín para reducir la dependencia de pipas y la construcción de la segunda línea de conducción El Zapote–El Refugio, de 2.9 kilómetros, con una inversión de 12.8 millones de pesos.
En la Zona Valle, se destinaron 18 millones de pesos a infraestructura hídrica, además de la ampliación de la planta de tratamiento en Galaxia La Noria y la sustitución de tuberías en calles como Fresno y Matamoros. También se rehabilitó el vaso regulador Cuatro Estaciones con 10 millones de pesos.
Sin embargo, en diversas colonias, el tandeo persiste. Las inversiones avanzan, pero el servicio continuo aún no es una realidad para todos. Mientras tanto, las familias siguen ajustando su economía y su tiempo a la lógica del almacenamiento.
“Lo único que queremos es abrir la llave cualquier día y que salga agua. No pedimos más, solo que sea constante, es un derecho humano que además pagamos”, apuntó José Manuel.
En la Zona Valle y el corredor Chapala, la falta de agua no es solo una estadística ni un dato presupuestal; es una experiencia cotidiana que implica desvelos, gastos imprevistos y preocupación permanente. Hasta que el suministro sea regular, la vida seguirá marcada por la previsión, los tambos llenos y la incertidumbre de cada estiaje.
Las familias reclaman una respuesta para un servicio tan vital como lo es el agua. El vivir con la incertidumbre de que no se les pueda garantizar, ya que ni descansan bien por estar pendientes en la madrugada de si llega o no el agua. Solo escuchar el sonido del goteo y levantarse, sea la hora que sea.
