Escrito por:Karen Garcia / zonadocs.mx
14 enero, 2026
Esta es la historia de cómo un grupo de personas lograron apropiarse un espacio urbano con el que ahora buscan hacer florecer un bosque urbano que brinde un respiro y remanso ante el feroz crecimiento inmobiliario.
Por Karen García / @Karen_gdlt (IG)
“Todos decían que estábamos locos. Y sí, estamos locos”.
En la Zona Metropolitana de Guadalajara se encuentra el Bosque Urbano Tlaquepaque, un espacio que es un símbolo de la lucha vecinal, en el que hoy las infancias se divierten en los escaladores metálicos y área de juegos, en el que los “runners” entrenan para sus próximas carreras en los andadores de adoquín y tierra compactada, señoras se ejercitan desde tempranito y aprovechan para platicar con sus amigas, mientras disfrutan de los árboles de arrayán, guajes o primaveras y en donde familias se reúnen para disfrutar del cine al aire libre.
Pero no siempre fue así. Detrás del gran paisaje del bosque espinoso subtropical de 10 hectárea de terreno, 2 mil 500 árboles, con fauna diversa, 42 especies de aves, 3 especies de murciélagos y reptiles, existe una historia de resistencia comunitaria, de la que el Colectivo Vecinal Bosque Urbano Tlaquepaque (BUT) fue pieza clave.
Este gran espacio está localizado frente a la acelerada vialidad de Lázaro Cárdenas, a un costado del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses, en la entrada del Fraccionamiento Revolución, entre las calles Batalla de Zacatecas, Plan Sexenal, Carretera a Chapala y la Calzada Lázaro Cárdenas.
Gabriela Curiel, a quien de “cariño” le dicen Gaby, vive desde hace 57 años en el fraccionamiento. Es la que más ha vivido ahí. En temporalidad le sigue Josué Moreno, quien ha habitado sus 36 años de vida en el Revolución. Juan Manuel Molina y Nora Macín llegaron hace 30 años y Sara Arellano, “la hermana menor del colectivo”, tiene 13 años de haber llegado. Son cinco de los 12 miembros, la mayoría es parte de la mesa directiva de la colonia, pero todos con la misma resistencia y rebeldía.

Cada uno recuerda de manera muy distinta lo que hoy es el BUT. Gaby lo describe como un sitio muy grande en el que pasaba los días de campo con su abuelita, ahí iba a misa en donde el padre Felipe oficiaba esta celebración religiosa en lo que recuerda como las “caballerizas abandonadas”, un sitio prestado, originario de la Antigua Hacienda del Álamo, como en el Porfiriato se le llamaba a la zona del sur poniente de lo que es ahora Tlaquepaque. Era el lugar donde jugaba y contemplaba una especie de represa, conocida entonces como el “Arroyo del Álamo”, la cual, con la urbanización de la colonia en los años 60, se desecó. Ella vivió “lo bonito”. Personas jugando béisbol y fútbol, llevando sus bicicletas para hacer ciclismo en los “bumpis”, como lo llaman los primeros vecinos del fraccionamiento, que eran lomas grandes de tierra.
Para Josué fue distinto. Aquel gran campo de juegos ya no tenía la misma vida. Era un gran terreno repleto de escombros. No se podía acceder y una gran cantidad de policías resguardaban la zona que, cuando él era niño, estaba enrejada, pues tras las explosiones del año 1992 en Guadalajara, los escombros fueron alojados allí. Pero su curiosidad lo llevó a explorar el sitio.
“Era bien raro para todos los niños. Siempre nos preguntábamos: ‘¿por qué habrá tantas cosas de basura aquí?’. Eran baños, cosas de casas, paredes, cerámica, vitropiso, azulejos. Mucho de eso. Los papás nos decían ‘no vayas al baldío’, porque así lo conocíamos, como el baldío”, recuerda Josué.
Para Juan Manuel y Nora ya no era solamente un gran baldío, sino un lugar abandonado y peligroso. No había solo escombros, sino basura, animales muertos y muchas ratas. Un punto propenso a incendios. A ellos les tocó “lo feo”. Similar a la experiencia de Sara.
La recuperación de aquel “baldío” no es reciente. Es una historia heredada. Un espíritu de lucha y resistencia que se sembró por los vecinos del fraccionamiento desde hace 40 años.
Gaby recuerda que en los años 80 el paisaje de la colonia era muy distinto. No habían grandes vialidades como Lázaro Cárdenas lo es hoy. El paisaje estaba acompañado de cerros, de la represa “arroyo del Álamo” y espacios en los que las personas de las colonias aledañas iban a ejercitarse y pasar días de campo. Un extenso espacio recreativo que los colonos tomaron en esos años, creando una cancha improvisada de béisbol, de fútbol y recorriendo los “bumpis”.
Es por eso que en los años 90 el gobierno en turno plantearía dejar el espacio para los vecinos, gracias a la gestión que ellos mismos hicieron. En ese entonces, era un terreno de alrededor de 30 hectáreas, al que querrían nombrar como: “Parque Metropolitano del Sur”.
Pero este parque se cancelaría por una de las mayores tragedias en la historia de Guadalajara: las explosiones del 22 de abril de 1992. Hecho que, según cifras oficiales, dejó 212 muertos y 69 desaparecidos. Aunque los tapatíos que vivieron y ayudaron a levantar los escombros en este suceso, desconfían de esa cifra. La tragedia dejó la ciudad devastada, desesperanzada.
Todo quedó en neblina. Muebles y objetos que había en los hogares, así como automóviles y los restos de una ciudad desolada fueron llevados al parque, incluso, cuentan los vecinos, también arrojaron cuerpos humanos. Víctimas de la negligencia.
El clima caluroso de aquel abril y los vestigios que abandonaron en el terreno, entonces cercado y con presencia policiaca, empezaron a generar fuertes olores en la colonia Analco. Ante las quejas, el gobierno llenó de cal para mitigar el aroma.
Justo como lo recuerda Josué en su niñez, quien, sin saber las verdaderas razones, observaba los vestigios de una ciudad desconsolada.
En el año 2000, el terreno se dividió entre diversas instituciones gubernamentales: Pensiones del Estado, Servicios y Transportes, Secretaría de Educación, Procuraduría del Estado, Secretaría de Administración, entre otras. En 2005, parte del terreno fue donado al Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (conocido por los vecinos como la SEMEFO por sus siglas, Servicio Médico Forense), y al Instituto de Fundición y Maquinado de Jalisco. Esto dejó un espacio de alrededor de 10 hectáreas sin ocupar, de lo que antes eran 30 hectáreas. Por lo que la lucha y exigencia de un parque continuó por parte de vecinos y miembros de la mesa directiva de ese entonces, pero las autoridades les ignoraban.
“Aquí estaba el escombro de toda la ciudad, era como el tiradero de todos. Traían perros muertos, restos de construcciones”, expresa Josué, quien recuerda que cuando se construyó el “Matute Remus”, (icónico puente atirantado en Guadalajara, que cruza la Calzada Lázaro Cárdenas en su intersección con la Avenida López Mateos) los restos de también fueron depositados allí.
Después de tiempo, el lugar quedó sin presencia policiaca, solo la cerca que rodeaba el terreno de 10 hectáreas, convirtiéndose en un punto crítico para la seguridad del fraccionamiento. La delincuencia aumentó, así como la presencia de roedores y jaurías de perros. Cada año, en tiempo de sequías, el sitio sufriera de incendios de diferente magnitud, los cuales eran controlados por las autoridades.
“Somos de los que vivimos colindando con el bosque y siempre teníamos el problema de limpiar porque, constantemente en temporadas de seca se prendía o le prendían fuego. Entonces teníamos el temor de que afectara nuestras casas y limpiábamos una parte”, comparte Nora.
En la memoria de los vecinos aún quedaba aquel parque en el que pasaban las tardes. Por lo que, en el año 2010, volvieron a exigir la construcción del parque. Petición que, de nuevo, fue negada.
“Los vecinos empezaron a gestionar y decirle al Ayuntamiento de Tlaquepaque: “Aquí nos habían dicho que en los 90 se iba a hacer un parque. ¿Por qué no se hace?”, recuerda Josué.
El gobierno ya tenía planeado algo más: Construir la Ciudad Agropecuaria. Un lugar en el que se promovería la innovación, el desarrollo tecnológico y la capacitación en temas agroalimentarios.
“Aquí iban a estar las oficinas del gobierno para hacer exportaciones de artículos del campo de Jalisco. Y pues no se dio el proyecto”, asegura Josué. De ese plan sólo quedó una construcción con el grabado “Ciudad Agropecuaria” y 3 mesetas de diferente altura en las que se colocarían las bodegas. Se canceló por motivos de presupuesto.
La esperanza parecía regresar cuando en 2014 el Gobierno del Estado presentó el proyecto del “Parque Recreativo San Pedro Tlaquepaque”. En realidad, de “parque” tendría muy poco. La propuesta destinaría el terreno para la construcción de complejos administrativos del estado y el municipio de Tlaquepaque, la instalación del C5 del estado, entre otros. Dejando solamente 1 hectárea para el parque, en el borde de Lázaro Cárdenas.
Como cada proyecto anterior, este se canceló, ya que después de las votaciones electorales en el 2015 el Partido Revolucionario Institucional (PRI) dejó de gobernar en Tlaquepaque, dando paso a la administración de Movimiento Ciudadano.
“Realmente el parque iba a ser un pequeño espacio. De la obra solamente se hizo lo que está en la Semefo, que es la canchita y el estacionamiento”, comenta Josué.
Cinco años después, en medio de la pandemia mundial, causada por el virus SARS-COv-2, el movimiento vecinal renació.
Miembros del colectivo recuerdan que fue un viernes santo cuando un gran incendió empezó a expandirse en el sitio con gran fuerza y velocidad.
“Empezamos a percibir humo. Nos alarmamos porque ya habíamos tenido experiencias similares, en las que algunos indigentes, al momento de cocinar, se les escapaba una chispa y, como aquí era yerbajo, era muy fácil de incendiar. El incendio era cada vez mayor. El fuego era muy alto. Tenía combustible para hacerlo, toda la hojarasca seca, todo estaba totalmente seco, de color dorado”, describe Juan Manuel Nora, pues las llamaradas estaban cerca de su casa. Intentaron apagarlo con cubetazos de agua, pero “era una misión imposible, ni Tom Cruise hubiera solucionado eso”, expresa con picardía.
Protección Civil y bomberos apagaron las llamas, pero aquel sitio en cenizas no quedó quieto, porque días después llegó maquinaria a trabajar y limpiar el terreno. Presencia que llamó la atención de los vecinos.
“Después de 5 años de no escucharse nada, ahora se oía el movimiento de tierras. Era pandemia, todo el mundo estaba en casa. Nos alertamos”, recuerda Josué. Entre varios vecinos entraron a preguntar a las personas que manejaban la maquinaria qué estaba pasando. Sólo respondieron que fueron contratados por la Secretaría de Administración del Estado.
“Había mucha incertidumbre. Pensamos que iban a aventar los cuerpos del COVID. La Semefo está al lado. Pensamos que aquí sería la fosa común”, agrega Josué. En una época de encierro en casa en la que la desinformación proliferaba, el miedo se propagaba tan fácilmente como la enfermedad.
Aquel movimiento de tierras se debía a otro proyecto del gobierno. La construcción de un corralón para el operativo “Salvando Vidas”. Nuevamente, la petición de un parque fue ignorada y la nueva propuesta los alarmó, temiendo que la delincuencia aumentara en la zona.
“Hay que unirnos y levantar la voz. No nos conviene por ningún motivo tener aquí un corralón”, expresó Nora a sus vecinos. Recuerda que fue Josué el que invitó a toda la colonia a unirse a la exigencia: No al corralón, sí al parque.

Así como aquella chispa incendió el terreno, también reavivó la llama de una lucha vecinal histórica.
“Yo dono arbolitos y los sembramos”, recuerdan que exclamó una vecina en aquella reunión. A su propuesta se unieron abogados, topógrafos, ingenieros e incluso políticos, pero no les dieron cabida. Se denominaron como un movimiento apolítico.
La exigencia resonó por todo el Fraccionamiento Revolución y colonias aledañas. Carteles, lonas, anuncios en la parroquia e invitaciones voz a voz demandaban un parque.

Poco a poco, las personas se apropiaron del sitio, lo limpiaron y sembraron todo tipo de flora. En ese momento no importaba si la planta era nativa, la intención era apropiarse del parque, sentirlo como suyo.
“Mucha gente nos tildaba de locos, nos ignoraban, se burlaban. Nos decían que no nos ilusionáramos, que no lo íbamos a lograr.”, expresa Juan Manuel.
“Todos nos decían que estábamos locos. Y si, estamos locos”, dice con orgullo Josué, mientras el resto del colectivo lo afirma.
A pesar de que la colonia se unía, las instituciones seguían cerrando las puertas y dando negativas. Hasta que, después de una extensa jornada de enviar oficios y recibir burlas por parte de secretarios y administrativos, el municipio propuso una mesa de diálogo. Pero las autoridades no llegaron. Fue ahí cuando la molestia accionó y cerraron una de las vialidades más importantes de la ZMG: la Carretera a Chapala.
“¿Conoces a Miguel Hidalgo y Costilla? Pues masomenos así fue”, cuenta entre risas Juan Manuel.
“Dijimos, ‘¿qué vamos a hacer?’, pues cerramos la Carretera a Chapala”, agrega Nora.
“Yo soy maestra rural y sabía perfectamente lo que es una manifestación. Le comenté a Manuel que debía haber una solución. Nos decían ‘quítense, muévanse, háganse a un lado para que la gente pase’ y decíamos ‘si nos quitamos perdemos, aquí debe haber una solución hoy mismo’”, expresa Nora.




Con un megáfono, pancartas y consignas, mujeres y hombres con sus hijos o mascotas, cerraron la vialidad y al unísono gritaban: “Queremos un parque, no un corralón”, “No queremos una hectárea, queremos diez”.
Ese mismo 4 de junio de 2020 en el centro de Guadalajara también se escuchaba la exigencia: “Justicia para Giovanni López” ante el asesinato del joven a manos de policías. Miles de personas marcharon para pedir justicia.
La atención mediática y del Estado estuvieron de ese lado de la ciudad. El interés gubernamental llegó más tarde. La presidenta municipal de ese entonces, María Elena Limón, entró al terreno. Ya no era un baldío, era un lugar con vida, árboles, huertos, troncos, recolección de residuos y una palapa que ellos mismos construyeron.
“¿Por qué hicieron esa casa? (refiriéndose a la palapa), esa se les va a quitar porque están invadiendo un terreno que no es de ustedes”, les expuso la alcaldesa.

En las negociaciones, la alcaldesa sólo les ofrecía 50 metros del predio. Los vecinos no aceptaron. “Nosotros vamos por todo”, dijeron.
María Elena Limón les respondió: “Pues entonces no lo van a lograr”. Ante esa negativa y el retiro de la palapa, construyeron la Geodésica polinizadora, una estructura para plantar flores polinizadoras, en ese entonces hecha con madera en forma de media esfera y que con el tiempo reconstruyeron con metal.


“Sí fue un batallar tanto para Josué como para la señora Betty (miembro del colectivo)”, expresó Juan Manuel, pues seguían tocando puertas de autoridades y estas seguían en negativa.
Si algo habían aprendido los vecinos durante tanto tiempo era la resiliencia. Rendirse ya no era una opción. El “baldío” se había convertido en el espacio en el que las infancias salían a jugar en medio de una pandemia, en el que jóvenes y adultos aprendían de cuidado al ambiente, a sembrar, plantar y reconstruir el tejido social.

“Gaby anotaba a los asistentes todos los días, toda la semana. Cada 8 días que el colectivo se reunía, checábamos cuánta gente asistía y las actividades que se iban haciendo”.
“Con la milpa que se sembró hicimos una elotada, con los frijoles que cosechamos hicimos lonches, con la calabaza hacíamos postre y le dábamos a los asistentes al bosque”, recuerdan con nostalgia y una sonrisa en la cara.




Tras varios meses e intentos de saboteo por parte de autoridades, el corralón fue cancelado. Este no tenía buena gestión, el uso de suelo no coincidía para el proyecto y jamás fue presentado ante el gobierno estatal.


“A estas alturas ya teníamos dos playeras: una blanca y una verde. La verde era la guerrera”, expresa Gaby con orgullo .
En agosto de 2020, el colectivo fue notificado que el entonces Gobernador del Estado, Enrique Alfaro, tenía un aviso importante que darles.
“En la mañanita todos nos vinimos para acá. Había medios de comunicación y muchas personas del gobierno del Estado. Fue cuando el gobernador nos dijo ‘vengan aquellos de playera verde’”, comenta Gaby. Les dijo que se construiría el Bosque Urbano Tlaquepaque, el lugar por el que tanto habían luchado.
“Nos felicitó por el plano y le dijo al secretario de infraestructura, David Zamora: ‘se va a hacer el parque que los vecinos quieran’”, expresaron Gaby y Nora.

La alegría y orgullo invadió sus cuerpos. Después de tanto tiempo de una lucha vecinal heredada, el terreno era suyo y de todos aquellos que desde los años 80 y 90, exigieron un espacio de recreación. Sienten que la satisfacción también fue para todos los que fallecieron antes, pero fueron parte de las disputas.
“Cuando estuvimos en la manifestación, se acercó conmigo uno de los vecinos que había gestionado el parque desde los 80, 90. Él me dio todos los oficios que habían mandado para hacer el parque y no les dieron respuesta. Después de tiempo, cuando el bosque se inauguró, me dijeron que esa persona había fallecido. Falleció un año después de que se hizo el bosque. Me comentaron que él estaba muy contento de lo que se logró. Le tocó ver realizado el parque”, expresa Josué.
Dentro del BUT, no solo se sembraron las semillas de las flores y los 2 mil 500 árboles que forman parte del paisaje, también, se sembraron proyectos que ahora benefician a la metrópoli. Es semillero de reconocimientos internacionales por su acción medioambiental y social.

Ejemplo de ello son el huerto comunitario, en el que las personas aprendieron cultivar y garantizar la autosuficiencia alimentaria y el centro de acopio para la recolección de residuos, semilla del ahora proyecto “Puntos Verdes Metropolitanos”. Los centros de acopio comunitarios están ubicados en 10 puntos estratégicos del Área Metropolitana de Guadalajara para separar, valorizar y reciclar los residuos, una manera de fomentar la economía circular y talleres ecológicos.
El mural “Nueva Tierra” captura su esfuerzo y lucha y está ubicado por la entrada de la calle Plan Sexenal, frente a la Geodésica Polinizadora. Fue donado por la Agencia Francesa para el Desarrollo por su labor comunitaria y medioambiental y pintado por la muralista tapatía Priscila Martínez. Cuenta la historia de lo que una vez albergó los escombros del 22 de abril y ahora da vida al BUT.

“En la parte central (del mural), es donde se plasma la parte del movimiento del colectivo que aquí están vivitos y coleando”, expresa Nora con risa y orgullo.


Para Gaby, el BUT le enseñó el trabajo en equipo. Se convirtió en el lugar que unió a la comunidad, en el que entabló amistades.
“Fue un trabajo que costó bastante sudor, mucho cansancio, muchísimas horas de trabajo. Pero, creo que a fin de cuentas valió la pena, dejamos algo bonito para nuestros hijos, nietos, sobrinos y lo que venga en el futuro”.
Para Josué, el BUT es su bebé, el producto de la lucha y resistencia. “Estoy medio loco. Vengo solo y empiezo a hablar con los árboles. Tengo muy bien ubicados cuáles son los árboles que plantó el gobierno y cuáles plantamos nosotros. Para mí, es como nuestro bebé. Me gusta venir y ver cómo cambia en cada momento”, explica Josué.

Nora coincide con los demás. Los lazos de amistad que se crearon en la lucha dieron fruto y presume con todos cómo los sueños se vuelven realidad.
“Ver cómo se va transformando el bosque es muy bonito, muy satisfactorio. El hecho de la convivencia y los lazos de amistad entre amistad. Cuando viene mi familia se los presumo. Incluso hay personas que me preguntan ‘oye, ¿y tú bosque?’. No es de nosotros, pero se siente bonito que te identifiquen con el bosque”, afirma Nora.
Al ver el bosque y recordar la historia, Sara siente que es como regresar lo recibido, “es devolverle a la tierra un poquito de lo que nos da, porque nos da mucho y de alguna manera tenemos que retribuirlo. Para mí el bosque significa un lugar de tranquilidad que me permitió conocer gente bonita y trascender”.
Juan Manuel se queda en silencio, no porque no tenga nada que decir, sino que frente a él sucede una escena que “no tiene precio”. Una niña con su abuelo, caminando por el bosque, observando las plantas y conviviendo juntos.
“Tengo rato observando a la niña. Ella viene desde allá con ese cuidado al caminar. Viene con su abuelo. Para mí, esa imagen no tiene precio. Me llena de orgullo decir que fue gracias al trabajo colaborativo. Lo mencionó Gaby: horas y horas de trabajo. Lo mencionó Josué: la organización, las gestiones, el rechazo. Lo mencionó Nora: la satisfacción de presumir. Lo mencionó Sara: los lazos de amistad”.
“Esa postal no tiene precio y es lo que representa la satisfacción de tenerlo”, apunta Juan Manuel.
Esas palabras hicieron que a todo el colectivo se les rozaran los ojos. Sentados en la banca, frente a la geodésica llena de lavanda, a la sombra de uno de los pocos árboles que sobrevivieron y fueron testigos de la lucha desde el año 80, voltearon a ver la escena y contemplaran lo que un día fue escombros y sinónimo de tragedia, ahora es símbolo de unión, esperanza y resistencia.

En la actualidad, el BUT es gestionado por la Agencia Metropolitana de Bosques Urbanos. En primavera, las jacarandas, primaveras, huizaches y el mezquite florecen. Aquel terreno lleno de tierra es un solo recuerdo. Ahora, el color verde llena de vida la vista, el aire fresco se respira y las aves son parte de la música en el bosque junto con las infancias que juegan con sus abuelos, sus mascotas y sus padres.
